Cuando Pablo Escobar mató al periodismo

El director del diario colombiano El Espectador, Guillermo Cano, fue asesinado a sangre fría el 17 de diciembre de 1986 por sicarios del cartel de Medellín en las mismas puertas de su periódico. El maestro de toda una generación de periodistas, gran defensor de la democracia y estandarte de la lucha del periodismo contra el narcotráfico, recibió ocho disparos en el pecho de una ametralladora

Cuando Pablo Escobar murió dejó tras de sí un reguero de sangre. El narco más poderoso de la historia, hoy convertido en leyenda por la serie de televisión Netflix y la enorme interpretación del genial actor Wagner Moura, asesinó a jueces, fiscales, políticos y centenares de civiles de toda Medellín y Colombia derribando aviones y con coches bomba. El  17 de diciembre se cumplen más de 30 años de uno de los crímenes más sangrientos, el de Guillermo Cano, director del diario El Espectador.

Cano perteneció a la tercera generación de periodistas de la familia Fidel Cano Gutiérrez, fundador de El Espectador, el diario más combativo contra el cartel de las drogas

Para Pablo Escobar el periodismo era una amenaza. A comienzos de los años ochenta, el capo, podrido de dinero procedente del tráfico de drogas, realizó importantes obras de caridad para los más desprotegidos de Colombia. Cubriendo las necesidades básicas de la ciudadanía, dando comida, agua y hogar a una ciudadanía sumida en la ruina, pudo conquistar las cimas del poder catapultado por una inmensa base social procedente del pueblo.

Pablo Escobar se labró una buena imagen de Robin Hood seduciendo, amenazando y comprando a muchos medios de comunicación, hasta que se dio de bruces con el periodista que más ha engrandecido los principios éticos de la profesión, Guillermo Cano, que fue quien verdaderamente truncó las aspiraciones de Pablo Escobar en política.

Las informaciones del director del periódico El Espectador movilizaron a todo el aparato del Estado contra el capo, haciendo saltar por los aires los sueños de Escobar de ser un día Presidente de Colombia, tras las acusaciones del ministro de Justicia Rodrigo Lara Bonilla contra Escobar de hacer dinero sucio procedente del mundo de las drogas y el crimen.

El ministro de Justicia fue asesinado en su coche en el norte de Bogotá: dos sicarios de Escobar le dispararon desde una moto a quemarropa

La muerte de Guillermo Cano

“Su rostro pálido no reflejaba ningún dolor, ni siquiera tristeza. Estaba tranquilo. En paz. Como siempre vivió. Mientras la vida se le escapaba por los agujeros de las balas de 9 milímetros”. Así se expresa Rodolfo Rodríguez, el primer periodista que auxilió a Cano tras recibir ochos disparos en el pecho de una ametralladora. También cuenta que sus manos temblaban, como deseosas de contar la historia que le acababa de ocurrir en su máquina de escribir, en su vieja Olivetti.

Fue un día frío, negro para la democracia. Guillermo Cano se murió en los brazos de su compañero. No llegó al hospital.

Testimonios de Popeye, el sicario más sangriento de Pablo Escobar. La televisión de Colombia recuerda la lucha de Escobar contra el Estado y el periodismo

Pablo Emilio Escobar Gaviria, autor de frases hoy Trending Topic como ComemieldaMalparío o Hijueputa, se ha convertido en leyenda, como pasa con las grandes producciones de mayor éxito, o con el cine de culto, como El Padrino, donde, por increíble que parezca, uno termina familiarizándose con las fechorías o mostrando cierta aquiescencia, porque parece que todo lo vivido fue producto de la ficción del séptimo arte. Pero, desgraciadamente, estas cosas pasaron, y no conviene olvidar, porque el crimen hay que combatirlo, nunca dignificarlo.

Con el asesinato de Guillermo Cano el cartel de las drogas no se conformó. Logró que El Espectador dejara de circular por toda Colombia. Asesinó a varios gerentes del medio.

Y puso un coche bomba que reventó la sede del diario en Bogotá.

Pero al día siguiente, los trabajadores limpiaron todo y consiguieron que funcionase un cuerpo de la rotativa. Y el periódico volvió a salir a la calle con un titular en portada emocionante: ¡Seguimos adelante!

Quería darle un homenaje con estas palabras a uno de los periodistas más importantes que ha dado Latinoamérica. Porque si estamos acostumbrados a enaltecer a criminales creo que es de justicia recordar la figura de un hombre que luchó por y para la escritura.

Un periodista enorme que con su máquina Olivetti hacía más daño que todo un ejército con tanques en las calles. Que todo un cartel de las drogas plantando el terror con sus asesinatos y coches bomba.

Esto puede ser una metáfora del periodismo.

De esta transición complicada que está viviendo. Pero por mucho que algunos se empeñen en reducir a escombros la enorme arquitectura que sustenta este oficio siempre va a ver gente que le vaya la vida en contar historias para incomodar.

Aroma a libertad en Don Remondo

Habían salido a cenar con unos amigos, pero no pudieron llegar a casa. Tenían 37 años y tres hijos pequeños. Un matrimonio joven con toda la vida por delante. Caminaban una madrugada del 30 de enero de 1998 por las callejuelas silenciosas del barrio Santa Cruz de Sevilla. Las ilusiones de una madre, Ascensión, y de un padre, Alberto, que pararon su reloj camino a casa tras recibir ambos sendos tiros en la nuca en la calle Don Remondo. Veinte años después sigue conmoviendo el asesinato, convertido hoy en uno de los símbolos de las barbaries de ETA y de la resistencia política y social en torno al Estado de Derecho.

Fotografía de la COPE. Ascensión García Ortiz y Alberto Jiménez Becerril tendrían ahora 57 años

Ascensión García Ortiz y Alberto Jiménez Becerril.

Mikel Azurmendi y José Luis Barrios, dos cobardes asesinos terroristas, mataron por la espalda al concejal popular y la procuradora sevillana, con la ayuda de Maite Pedrosa. A sangre fría siguieron las órdenes de José Javier Arizcuren, alias Kantauri, jefe militar de ETA y responsable del Comando Andalucía, un criminal sanguinario.

Con estas palabras levanto un monumento en homenaje a su valentía, para agradecerles su paso por esta vida, porque en Don Remondo, aún a día de hoy,  se respira aroma a libertad

El sistema judicial español agrupó a los terroristas en una cárcel granadina. La etarra pudo así vivir con su hija recién nacida hasta los tres años. Estando en pleno debate la derogación de la Doctrina Parot, con las concesiones, el acercamiento de presos y la llegada de ETA a las instituciones observábamos con angustia cómo salían los terroristas de las cárceles.

Este texto lo escribí hace años, un enero más de nuestro calendario, con el recuerdo herido de Ascensión y Alberto, víctimas de unos desalmados cobardes que matan por la espalda y que no merecen vivir. Pero tampoco morir. Porque no hay nada más violento que acostumbrarse a convivir con el sufrimiento. Sin privilegios penitenciarios. Sin piedad.

La tragedia, grabada a fuego en la memoria, ocurrió seis meses después del secuestro y asesinato de Miguel Ángel Blanco, símbolo de libertad, el hombre que consiguió unir con su adiós a toda España por una misma causa.

Miguel Ángel, Alberto y Ascensión, tres héroes. Sabían que corrían peligro porque habían recibido instrucciones para extremar la seguridad ante un posible atentado. Pero trataban de hacer su vida lo más cotidiana posible. Hasta que se cruzaron por su camino unos cobardes.

Tres ejemplos a seguir, como tantas otras víctimas. Por eso con estas palabras quería agradecerles su paso por esta vida. Gracias. No os olvidamos.